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Saber Marionette: la diversidad de lo bello

Escrito por Ademir / 7 de octubre de 2008

¿Qué es lo que define a la belleza, más allá de sus apariencias? Posiblemente nada, puesto que sólo en lo que aparece, en lo que se expone, en lo que se brinda, es en donde la belleza hace su morada. Y esto es posible advertirlo en los personajes de la serie anime Saber Marionette, creada por Satoru Akahori.

El mundo de saber Marionette

En un mundo alternativo futurista, un joven de nombre Otaru Namiya descubre accidentalmente a tres mujeres artificiales, Lima, Cereza y Zarzamora. Cada una de ellas tiene poderes sobrehumanos y una peculiar personalidad que las define. Otaru, las chicas y el ocurrente enamorado Hanagata, vivirán enormes y emocionantes aventuras, siempre en lucha en contra de las oscuras huestes de Lord Fausto; y en busca de hallar el origen de las chicas y de su enigmática relación con una misteriosa y bella dama de nombre Lady Lorelei, que parece tener la respuesta acerca del propósito de Lima y sus hermanas; así como también, de la posible salvación de aquel planeta en peligro absoluto.

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Belleza como pluralidad

Lima es inocente, infantil, valiente y fuerte; es el corazón de la pequeña familia de Otaru. Por otra parte Cereza es delicada, frágil, hogareña, pero también intensa y decidida; finalmente Zarzamora es sensual, llena de templanza, perspicaz y de recio carácter. Cada una de ellas entonces es la expresión particular de un solo ser, que en la trama de Satoru Akahori se identifica con Lady Lorelei, la bella mujer que encierra la clave para entender el motivo de la realidad entera.

Recordemos que Lorelei es el nombre de un risco montañoso en Alemania (el lugar del Fausto de Goethe), y que es tan célebre por su magnificencia natural como por su peligrosa colindancia con el célebre río Rhin, en donde a lo largo de muchos siglos, innumerables habitantes del lugar han perdido allí la vida. De tal suerte que en ese lugar en donde lo sublime y la finitud se conjuntan, fue en el que se inspiró el inmortal escritor teutón Heine, para escribir su famoso poema “Die Lore lei” y de cuya traducción por parte de Sergio Pereira, de Wikipedia, reproducimos algunos fragmentos:

“Fresco está el aire y oscurece
calmo está el Rin en su mover;
La cima acantilada luz parece
es el último brillar del sol atardecer.
Las más pura de las doncellas sentada
allá arriba lleva a maravillar.
su dorado tesoro se mostraba;
su dorado cabello ella al peinar.
con un peine de oro ella al usar
canta una canción ensoñadora
su melodía extraña al sonar
es intensamente abrumadora.
El pescador en su pequeña barca
apresado es en su anhelo y suspirar.
No ve las rocas no las abarca
Sólo allá arriba se pierde en su mirar.”

Y entonces resulta muy probable que Satoru Akahori se hubiese inspirado a su vez en estos versos de Heine para concebir su entrañable saga fantástica, puesto que su héroe Otaru también es un pescador y la plural manifestación de Lorelei en las chicas Saber no es más que las variaciones del canto de la femenina divinidad al contemplar la belleza de su cabello a la luz del ocaso en las cumbres, voz susurrante y melódica, motivadora de los sueños de un joven pescador que se imagina a qué tipo de mujer si inocente, casta o noble, corresponde tal entonación.

Pero si para Otaru el canto de Lorelei, expresa vida, para Fausto (trasunto del héroe trágico de Goethe, marcial, imperioso, el del olvido del ser heideggeriano), no es más que una nostalgia de muerte por no poder hallar la unidad plena de la amada perdida- el ser- en la diversidad de las manifestaciones femeninas- los entes. Porque la belleza no es tal por ser la manifestación de cierta unidad que no ha de recuperarse, el arte no puede hacer tanto; sino por brindar pluralidad al ser en su evocación, por hacerlo diverso y por lo tanto infinito.

Es por eso que a final de cuentas Lima es la esperanza principal, porque ella es la que ilustra mejor el ser límite entre el lado celestial de Lorelei: sus alturas montañosas inefables, y la ausencia del ser amado: la muerte que siempre llega, las frías orillas del Rin, aguardando al caído para arrastrarlo en su corriente y perderlo definitivamente. Abrazarse a Lima, la inocencia plena del ser, silvestre, pura, arriesgada, y cuidar a Lima, nuestra Lima, nuestro mundo, como si fuese aquella princesa extraviada que fue preciosa, pero que ya no es más que ecos; valorar a nuestra pequeña Lima vital así, protegerla, como se valoraría al cielo en la tierra, siempre, con todas las fuerzas del alma. Y tener despiertos los sueños, en todo momento, como Otaru el sabio pescador.

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