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La filosofía del fin del mundo: Neon Genesis Evangelion (II)

Escrito por Ademir / 11 de septiembre de 2008

Seguimos analizando la famosa serie de anime Neon Genesis Evangelion, la cual ostenta como mayor merito estético, una composición criptica y enigmática que divierte, interesa y a la vez incita a la reflexión.

En Gendo Ikari, en su napoleónico porte, en su distinción marcial, en su ambicioso plan de transformación global de la realidad, podemos identificar muy originalmente expresada la filosofía dialéctica de Hegel.

Gendo Ikari: el motor de toda dialéctica

Como para el influyente pensador teutón, autor de la célebre “Fenomenología del Espíritu” todo acontecimiento, toda confrontación de eventos nos son sino etapas, pasos, adelantos hacia la realización cabal del Absoluto; de la absoluta concreción de lo real y su Trascendencia; así Gendo, maneja cada hilo de su espectáculo particular: el mundo entero.

Dispone, planea, calcula, manipula voluntades en secreto, todas las posibilidades del ser se conjugan en la reflexión concentrada que se advierte en su mirada, oculta bajo sus manos entrelazadas. Meditando acerca del próximo paso a seguir. Y sin embargo todo vacila: su vástago carnal, sus “hijos” los niños pilotos de los Evangelions, asumirán a la vez las figuras de los herederos derrocadores del monumental edificio sistemático de Hegel; en la nietzscheana Azuka; la schopenhauereana Rei Ayanami, y en el sartreano Shinji Ikari. Hideaki Anno es muy inteligente, muy estudioso.

Cuando finalmente nos percatamos de que toda la motivación del cósmico proyecto de Gendo Ikari no era más que el producto de su corazón melancólico, de sus suspiros de anhelo por reecontrarse con su esposa fallecida Yui, la madre de Shinji, uno no puede dejar de pensar que las verdaderas intenciones de Hegel, de Gendo Ikari, de todo conquistador imperialista-sistemático del ser, no pasa de ser una emulación desesperada y siempre insuficiente, de la épica poseía de Dante Alighieri- en su Divina Comedia- para tener la entereza de ascender por tres mundos enteros, para reencontrarse con una Beatriz etérea.

Y es que en su juventud, cuando Hegel tal vez era más sincero consigo mismo, era un romántico empedernido, amigo de Hölderlin, de Schelling, que soñaba con sublimes universos de fantasía y de trascendencia- como en una pintura de Caspar Friedrich- al contemplar el lenguaje de las estrellas durante noches de eternidad.

Tal vez detrás de las manos entrelazadas del imperioso comandante Gendo Ikari , lo que se disimulara siempre, y que nadie pudo percatarse hasta el final de la realidad exterior, el tercer impacto; fuera una lágrima permanente, de un enamorado lleno de ardor e impaciencia por contemplar de nuevo el dulce rostro de su amada ausente. ¿Cuántos universos vale un último vislumbre del ser que lo fue todo, en cada uno de nosotros?

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